AVATAR: FUEGO Y CENIZA: El espectáculo continúa pero la imaginación se agota

James Cameron regresa a Pandora con Avatar: Fuego y Ceniza, tercera entrega de su colosal franquicia de ciencia ficción y fantasía, una película que confirma que el director sigue siendo un maestro en la búsqueda de los mayores espectáculos cinemáticos que la tecnología le pueda entregar, pero también que su universo narrativo comienza a mostrar signos evidentes de agotamiento creativo.

Como adelantaba, esta cinta vuelve a apoyarse en la inmersión sensorial como principal atractivo, aun cuando su desarrollo dramático y temático se percibe cada vez más endeble.

La historia se sitúa poco después de los acontecimientos de El camino del agua. Jake Sully y su familia, aún marcados por la muerte del hijo mayor, Neteyam, se ven arrastrados a un nuevo conflicto cuando entran en escena los Mangkwan, un clan Na’vi volcánico que ha renegado de Eywa y que prefiere la violencia extrema como método de sobrevivencia. En paralelo, el coronel Miles Quaritch, más duro de matar que Terminator, ahora se presenta exclusivamente en la forma de un cuerpo avatar Na’vi, sin haber sido transferido en alma como Jake, sino que copiado en conciencia y memoria por los humanos. El coronel, aún trabajando para los humanos colonizadores, logra consolidar una alianza con la gente Mangkwan para retomar la ofensiva contra los clanes de Pandora. Todo culmina en una batalla final con diversos frentes de pelea, donde humanos, Na’vi y fauna del planeta colisionan una vez más.

Desde lo visual, Fuego y Ceniza es, sin duda, un espectáculo imponente. Cameron continúa explotando al máximo las posibilidades del 3D y del formato IMAX, construyendo secuencias de acción de una escala y una claridad técnica que pocos cineastas pueden recrear desde el territorio del CGI total. Los paisajes, las batallas y la interacción con criaturas de Pandora confirman que Avatar es un producto concebido para la pantalla grande y la taquilla exorbitante, y no para el consumo doméstico. En este aspecto, la película cumple con solvencia, sin maravillar como la original, o siquiera impactar como el considerable avance de la segunda parte, pero mantiene un estándar alto y consistente en este departamento.

El problema surge cuando se analiza más allá del despliegue técnico. En términos de desarrollo de temáticas, diálogos, profundidad de personajes y progresión narrativa, la película se desploma. Los conflictos se presentan de manera mecánica, los personajes reaccionan más por necesidad del guion que por una evolución interna coherente, y los arcos dramáticos se sienten reciclados. Por ejemplo, la introducción de los Mangkwan y su rechazo a Eywa promete una mirada más compleja sobre Pandora, pero la idea nunca se explora lo suficiente. La violencia y el colonialismo humano aparecen como críticas reiteradas, sin nuevas capas de lectura. Por su parte, los diálogos, resultan excesivamente contemporáneos a la realidad estadounidense actual, además de sobre explicativos, vaciados de peso emocional o de códigos culturales que ayuden a la suspensión de la credulidad de este planeta supuestamente lejano.

Mientras que además llegó un punto en el que hay tantos personajes en pantalla con sus propias vicisitudes y arcos dramáticos, que ya no queda espacio para desarrollarlos de forma paralela. El enfoque casi coral que introdujo la segunda parte de la saga se ha vuelto insostenible, y falta tomar mayores decisiones con respecto al protagonismo y líneas narrativas que pueden continuar. Estos problemas resultan en una progresión poco orgánica de los acontecimientos, como una sucesión de episodios que parecen diseñados para sostener la acción más que profundizar el relato, y con una duración de tres horas, Fuego y Ceniza no se vuelve extensa por densidad de ideas, sino por la acumulación de conflictos vacíos que, aunque técnicamente impecables, son repetitivos y dramáticamente redundantes.

En definitiva, la película funciona como experiencia, temporal incluso, porque más allá de esas tres horas no es una trama que prometa tanto más. Es un blockbuster imponente, que invade los sentidos primarios, y Pandora sigue siendo un lugar fascinante para visitar, pero cada vez menos interesante para habitar.

Avatar: Fuego y Ceniza se estrenó el 18 de diciembre de 2025, gracias a Cinecolor Chile, en salas de todo el país.

