LA EMPLEADA: El regreso del thriller serie B, ese placer culpable del siglo pasado

La adaptación cinematográfica de The Housemaid, titulada en latino como La Empleada, dirigida por Paul Feig, es una propuesta curiosa del último tiempo, apoyándose en un libro que se convirtió en un gran éxito de ventas y popularidad, navega entre el entretenimiento visceral y la sobreexplotación de clichés del thriller psicológico, trayendo de vuelta ese cine de crimen erótico ochentero y noventero.
La película ofrece una experiencia que, en ciertos momentos, puede ser considerada un producto de bajo nivel, pero que también revela una intención consciente de jugar con los estereotipos y las expectativas del género, no cabe duda de que sus realizadores conocen muy bien a su público objetivo y no quieren tampoco pasar a llevar demasiado una fórmula ya ganadora. Así, desde el inicio, La Empleada deja en claro que no busca la sutileza ni la sofisticación, como podríamos pensar por el estilo de vida de la familia protagónica, sino que apuesta por la exageración y el impacto casi de telenovela.

El guion cinematográfico de Rebecca Sonnenshine se guía por una estructura casi episódica, con cambios de punto de vista y hasta de tono, que se marcan claramente por giros narrativos impactantes que revelan secretos o agregan nuevas aristas al misterio, los cuales, aunque en su mayoría son predecibles, cumplen con crear una tensión efectiva constante y una sensación de caos controlado.
Así, se nos cuenta en primer lugar, la historia de una joven que consigue, contra toda expectativa, un puesto como empleada doméstica puertas adentro de un hogar tradicional, elegante y opulento. La trama se enreda ligeramente cuando pasa desde un drama con abuso psicológico y algo de pugna de clases, hacia un cuento erótico, para finalmente desenredar las líneas dramáticas en sangre, venganza y recompensa social.

El elenco, encabezado por la destacada Amanda Seyfried como Nina y Sydney Sweeney como Millie, cumple con creces la intención de ofrecer personajes que, incluso cuando bordean lo camp, son interesantes de observar como se desenvuelven. Seyfried, en particular, se entrega a un rol que oscila entre lo histriónico y la locura siniestra, logrando que su personaje —una ama de casa aparentemente perfecta pero con facetas perturbadoras— se robe la atención. Sweeney, a pesar de ser el vehículo a través del cuál nos dan a conocer la historia, construye a una Millie tranquila, alerta pero más reaccionaria que activa en el progreso de la trama, ganando mucho más fuerza cuando ya en la segunda porción del metraje el guion le permite abandonar toda pasividad. La química entre ambas actrices funciona lo suficiente para esperar con ansias los siguientes golpes en este duelo de percepciones, manteniendo atento al espectador inclusive ante los guiños más esperables.

Brandon Sklenar, por su parte, no demuestra una actuación brillante ni tampoco es una presencia increíble, en cambio, su lugar es completamente como soporte del conflicto, del enigma que rodea a esta familia, del desequilibrio de poder, de la amenaza latente, y también de la seducción peligrosa. Su trabajo es correcto, aunque algo rígido, y funciona finalmente en compañía, más como un símbolo del marido ideal.
La dinámica entre los tres personajes no es tanto una rivalidad clásica como una disputa por el control del relato, por quién define la verdad y quién queda atrapado en la apariencia.

Lo más importante es que el largometraje no busca ser verosímil, más bien, abraza su condición de thriller a lo serie B con escenas de sexo, una buena cantidad de violencia brutal y humor negro accidental. Sus problemas recaen realmente en el tono, y es que la dirección de Feig, conocido por su trabajo en comedias ligeras en general, aquí se toma demasiado en serio la mayoría del tiempo, pareciera que la comedia es una fortaleza del guion adaptado y no de alguna capacidad de equilibrar suspenso y parodia, por lo que le impide adoptar un espíritu más camp y autocrítico que se asemeje a la ridiculez que ofreció en A simple favor (2018).
También, la duración de más de dos horas y la estructura algo recargada de trucos, terminan por diluir algo de la contundencia y hacer que algunas escenas se sientan redundantes o excesivamente extendidas. Un montaje más ajustado habría beneficiado al conjunto.

Por otro lado, es necesario entender que nos encontraremos con comentarios pero nada de crítica social real. Al final del día los artilugios utilizados están para el entretenimiento vacío y acelerado, una vez que se logra pasar de largo los minutos muertos o aclaraciones repetitivas, el impacto y el escándalo serán efectivos, sin necesariamente entregar a través de ello alguna reflexión más profunda sobre ciertos temas que se sugieren, como el machismo o las disparidades socioeconómicas.

Nos encontramos con una propuesta que sabe jugar con lo que tiene a mano. Puede ser tanto un placer culpable como una experiencia frustrante, pero que probablemente se disfruta de la mejor manera en una sala llena, entre suspiros, risas incómodas y reacciones viscerales. Funciona precisamente porque no pretende ser tanto más de lo que es, no reinventa, no innova, ni eleva, pero sí demuestra que hay espacio en la cartelera para los materiales más sensacionalistas.
La empleada (The Housemaid) se estrenó el 1 de enero de 2026, gracias a BF Distribution, en salas de todo el país.
