UN BUEN LADRÓN: La humanización de un ladrón a manos de Cianfrance y Tatum

Con Un buen ladrón (Roofman), Derek Cianfrance firma su película más accesible. El director de Blue Valentine y The Place Beyond the Pines vuelve a sus obsesiones —la culpa, la redención y la imposibilidad de escapar de uno mismo—, pero esta vez lo hace bajo la forma engañosamente ligera de una tragicomedia criminal.

Está basada en la historia real de Jeffrey Manchester, un exmilitar que robó más de 40 sedes de McDonald’s entrando por los techos —de ahí que el nombre en inglés de la película y el real sobrenombre impuesto por la prensa—, quien luego vivió escondido durante meses en una juguetería Toys R Us. La cinta combina el absurdo con la ternura, el humor con la tristeza, hasta convertirse en una parábola del fracaso del sueño americano. De por sí ya la historia suena increíble, por lo cual no podía faltar llevarla a la pantalla, pero su realizador se enfoca mucho más en el lado emocional de una anécdota tan insólita.

Channing Tatum ofrece una de las interpretaciones más sólidas de su carrera como Manchester: un hombre torpe pero meticuloso, un buen soldado pero no tan buen ciudadano, con buenas intenciones y malos actos por igual, quien convierte su inteligencia práctica en un mecanismo de supervivencia emocional durante la última parte de la travesía retratada en el largometraje. En su actuación se revela una simpleza que está en beneficio de poner en relieve a toda una historia real que es más asombrosa que la ficción, y que además ofrece una especie de canvas en blanco en el cual identificar a un padre cualquiera, quebrado, alguien que no roba por codicia, sino por un desesperado deseo de mantener un mundo de fantasía y comodidad para sus hijos pequeños. Tatum captura esa mezcla de ingenuidad y desamparo con un registro contenido, a veces casi infantil.

Kirsten Dunst, por su parte, complementa perfectamente con una presencia cálida como Leigh, empleada de la juguetería y madre soltera, no es la mujer que salva al protagonista, pero sí quien le da soporte sin juzgarlo en el punto más bajo de su vida. La química entre ambos actores está poco explorada, pero se trata más de una línea de contexto para que conozcamos mejor las intenciones, los vicios y las luces del protagonista, dotándolo de más humanidad desde su relación con toda esta pequeña familia que lo recibe por unos meses.

Cianfrance filma con su habitual intimismo, aunque a ratos se siente como que su estilo no va del todo con la historia escogida para retratar. Hay momentos de auténtico humor físico —Jeff deslizándose entre pasillos de juguetes, viviendo de M&M’s y escondiéndose tras un muro falso—, pero también de una melancolía interna que recuerda y presagia largamente que todo artificio es temporal, y que si estamos conociendo esta historia desde tan cerca es porque en algún momento a Jeff Manchester lo van a pillar. El director evita el thriller convencional que otro equipo creativo sin duda habría aplicado a la narración de esta particular biografía, pero acá lo que interesa no es si Manchester será atrapado, sino cómo vive el intermedio entre la fuga y el castigo, ese limbo donde el crimen se convierte en rutina.

La estructura de la cinta refleja esa dualidad. El primer acto es ágil, introduce al personaje y su mundo de forma juguetona, con ecos de Atrápame si puedes (2002); en el segundo acto vira hacia un romance calmado entre dos náufragos del sistema; y el tercero desemboca en un drama sobre la inevitable imposibilidad de empezar de nuevo, cuando todo comienza a venirse abajo otra vez. La mezcla puede ser algo inconsistente pero la anécdota real es lo suficientemente poderosa para no dejar que te pierdas en esa falla de ensamblaje.

Lo interesante es que detrás de las circunstancias tan únicas que se presentan, se esconden lecturas que develan a un hombre, como muchos otros, que se vió perdido en un sistema que no quería destruir ni planeaba protestar en contra de ello, sino que quería imitarlo, insertarse en las gradas más altas del mismo y vivir en lo que consideraba que podía ser un estado de tranquilidad ideal. Su crimen puede ser considerado un reflejo torcido de una cultura que confunde bienestar con acumulación. Y Cianfrance no ve la necesidad de subrayar estos mensajes.

A pesar de algunos detalles anacrónicos de la recreación, un clímax que se vuelve más lento y menos dinámico de lo necesario, Un buen ladrón es, al final, una historia sobre la imposibilidad de escapar de uno mismo, de los errores cometidos, pero también sobre la necesidad de encontrar bondad y entendimiento en medio de los desastres personales. En tiempos de cinismo, el gesto de Derek Cianfrance se atreve a mirar a su protagonista con compasión, sin absorberlo pero tampoco condenarlo, porque se aleja del género del crimen cuando con su estilo cercano e íntimo sumerge al espectador en los pensamientos y motivaciones más profundas del protagonista.

Un buen ladrón (Roofman) se estrenó el 6 de noviembre de 2025, gracias a Diamond Films, en salas de todo el país.
